La infancia de Eva Perón: de Los Toldos a los escenarios, una historia de esfuerzo, estigmas y sueños

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Eva Perón nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, una pequeña localidad del noroeste bonaerense. Aunque su partida de nacimiento fue modificada años más tarde, lo cierto es que su historia comenzó allí, en un contexto marcado por el estigma social y las dificultades económicas.

Su padre, Juan Duarte —popularmente conocido como “el vasco”— era un hombre influyente y de buena posición económica. Había sido concejal en Nueve de Julio por el Partido Conservador, juez de paz y arrendatario de la estancia “La Unión”, además de administrador del establecimiento “La Porteña”. Su verdadero apellido era Uhart, pero cansado de que lo escribieran mal, adoptó definitivamente el de Duarte.

En “La Unión”, Duarte formó una segunda familia con Juana Ibarguren, una mujer nacida en 1894, hija de una puestera y un carrero. Juana trabajaba en tareas rurales y allí criaron a sus cinco hijos: Blanca, Elisa, Juan, Erminda y Eva. Todos fueron anotados como hijos naturales, lo que, en aquella época, implicaba quedar fuera de la legalidad y de los derechos que otorgaba el matrimonio.

El 7 de mayo de 1919, Juana dio a luz a Eva, asistida por Juana Rawson de Guayquil, una comadrona mapuche de la tribu de los Coliqueo, con quien tenía una relación de confianza. Eva fue registrada como Eva María Ibarguren y bautizada con ese nombre en la parroquia Del Pilar de Los Toldos.

Durante los primeros años, la familia vivió en la estancia de Duarte. Luego se mudaron al pueblo, donde Juana comenzó a ganarse la vida como costurera. Duarte no los abandonó, pero su rol siempre fue ambiguo. A ojos de la sociedad, Juana era simplemente su concubina y sus hijos, ilegítimos.

El 6 de enero de 1926, mientras regresaba en auto desde Chivilcoy junto a su sobrino Salvador y otros niños de la familia, Juan Duarte sufrió un accidente: su Chevrolet volcó en plena avenida Mitre. El niño Alcides, hijo de Salvador, murió en el acto. Duarte fue hospitalizado con una conmoción cerebral y costillas rotas, y falleció en la madrugada del 8 de enero.

Duarte tenía 67 años y era viudo desde hacía siete, tras la muerte de su esposa Adela Uhart, con quien había tenido seis hijos. Su velorio se realizó en la casa de uno de sus yernos en Chivilcoy. Hasta allí llegó Juana Ibarguren con sus hijos para despedir al padre. No hubo escándalos, aunque una de las hijas del matrimonio legítimo expresó su molestia. Aun así, pudieron decirle adiós sin mayores problemas.

La vida de Juana y sus hijos cambió radicalmente tras la muerte de Duarte. Eva, a quien apodaban “Cholita”, heredaba la ropa de sus hermanas mayores. Juana decidió que necesitaban empezar de nuevo, en un lugar donde nadie conociera su historia. Se mudaron a Junín, y dejaron atrás el apellido Ibarguren para adoptar el de Duarte. Era una forma de reconstruirse.

Compraron una modesta casa en la calle Ingeniero Winter 90, cerca de la terminal de ómnibus. Con algo del dinero que había dejado Duarte, Juana mantuvo el hogar trabajando como modista. Blanca la ayudaba, Elisa consiguió empleo en el correo, y Juan hacía changas, como cadete en una farmacia.

El mayor inconveniente fue escolar. Juana intentó inscribir a Eva y a Erminda, pero no tenían documentos. A la directora le dijo que se habían perdido en un incendio en Los Toldos y que cuando pudiera haría los trámites. Años más tarde, luego del 17 de octubre de 1945, alguien arrancó del registro civil la hoja original del acta de nacimiento de Eva. En la nueva partida que presentó al casarse con Perón, figuraba como Eva María Duarte, nacida en Junín en 1922, tres años después de su verdadera fecha de nacimiento.

Mientras tanto, Eva comenzó a cursar tercero y su hermana Erminda, quinto grado. Eva había hecho los primeros años en la Escuela Domingo Faustino Sarmiento en Los Toldos. En Junín, completó su primaria en la Escuela Nº 1 “Catalina Larralt de Estrugamou”, frente a la plaza principal, y terminó en 1934.

Fueron años difíciles. Juana se refería a sus hijos como “mi pequeña tribu”, y hacía lo imposible para darles una vida digna. En un Día de Reyes, Eva pidió una muñeca tamaño real. Recibió una rota, sin una pierna. Su madre le explicó que la muñeca había tenido un accidente al caer del camello que la traía.

A pesar de todo, Eva mostraba una sensibilidad especial. Le gustaba declamar y participar en obras teatrales. En La Razón de mi vida, su autobiografía publicada en 1951, escribió: “Siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón”.

Gracias a su hermana Erminda, que era maestra en el Colegio Nacional, Eva se unió al elenco de teatro del Centro de Cultura y Arte de la institución, donde participó de la obra Arriba Estudiantes. Aunque no era alumna, su pasión era evidente.

A los 15 años, Eva decidió que quería ser actriz. Su madre se opuso al principio, pero finalmente accedió a acompañarla a Buenos Aires, donde Eva hizo una prueba de declamación en Radio Nacional. No fue seleccionada, pero no regresó a Junín. Su hermano Juan ya vivía en la capital, y Eva decidió quedarse.

Así comenzó una nueva etapa: la de la joven decidida a conquistar los escenarios de Buenos Aires. Aún no sabía que, con el tiempo, también conquistaría los corazones de millones de argentinos.