Vincent van Gogh: la inmortalidad tras la tormenta

Actualidad Cultura

Un 29 de julio de 1890 moría en la pequeña localidad francesa de Auvers-sur-Oise uno de los artistas más influyentes de la historia: Vincent van Gogh, a los 37 años. Agobiado por una intensa depresión, se había disparado en el pecho dos días antes. Su vida, marcada por el dolor mental y la incomprensión, tuvo un final silencioso, sin saber que un siglo después sería reconocido como uno de los grandes genios de la pintura.

Van Gogh, nacido en los Países Bajos, atravesó internaciones psiquiátricas, crisis severas —como cuando se cortó una oreja— y una pobreza persistente. Su único sostén real fue su hermano Theo, marchand de arte, con quien mantuvo una profunda correspondencia. Paradójicamente, en vida vendió apenas un cuadro.

Sin embargo, en sus últimos diez años produjo más de 900 pinturas y 1600 dibujos, con una fuerza expresiva que marcaría a generaciones enteras. Obras como La noche estrellada, Los girasoles o El dormitorio en Arlés hoy valen millones y cuelgan en los museos más importantes del mundo.

Su historia fue llevada al cine por directores como Vincente Minnelli, Robert Altman y Julian Schnabel, y también inspiró novelas gráficas, canciones y ensayos. Van Gogh es hoy un símbolo de la lucha interna, del arte como desahogo, y del reconocimiento póstumo que todavía nos interpela.

A 135 años de su muerte, su obra sigue hablando con colores intensos, brochazos furiosos y una ternura que trasciende el tiempo.