Los siete tehuelches en la Exposición Universal de 1904: una historia olvidada de Santa Cruz

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En 1904, con el lema del progreso y la modernidad, la ciudad de Saint Louis, en Missouri (Estados Unidos), inauguraba la Exposición Universal, uno de los eventos más ambiciosos de la época. Durante siete meses —del 30 de abril al 1 de diciembre— casi 20 millones de visitantes recorrieron sus pabellones y muestras, que incluían desde avances tecnológicos hasta representaciones culturales de pueblos originarios de distintas partes del mundo.

Entre inuits, zulúes, pigmeos y más de 50 tribus de indígenas norteamericanos, siete tehuelches provenientes de Río Gallegos fueron exhibidos en lo que hoy se conoce como un “zoológico humano”. La participación de este grupo fue gestionada por el antropólogo estadounidense William McGee, con la intermediación de funcionarios argentinos y de Vicente Cané, quien firmó el contrato. El comerciante de Río Gallegos Juan Wohlers viajó como intérprete.

El viaje fue largo y complejo: partieron en el vapor Celtic hasta Liverpool, luego embarcaron hacia Nueva York, donde arribaron el 12 de abril, y dos días después llegaron al predio ferial tras recorrer más de 16.000 kilómetros. Allí, montaron sus toldos con cueros, tientos y palos traídos desde la Patagonia para recrear un “paisaje cultural auténtico” según los organizadores.

El grupo estaba integrado por Guechico, cacique principal de 71 años; Lorenza, su esposa, de 45 años; su hija Giga, de 8 años; Sinchel (45), Colojo, Casimiro y Bonifacio. La revista Caras y Caretas los describió como “ejemplares escogidos en el territorio de Santa Cruz”.

Gracias al trabajo de la fotógrafa oficial de la feria, Jessie Tarbox Beals, hoy se conservan sus retratos en el Field Museum de Historia Natural de Chicago. La historia también fue investigada por Geraldine Gluzman, becaria del Conicet, quien pudo documentar la experiencia gracias a una colaboración con el museo estadounidense.

Aunque la organización había promocionado a los tehuelches como “gigantes patagones”, esa supuesta rareza física pronto perdió relevancia. Durante la feria, participaron en competencias: Guechico obtuvo un premio en lanzamiento de pelota, mientras que Bonifacio, Casimiro y Colojo destacaron en pruebas de equitación y lazo, además de exhibiciones de boleadoras.


El pabellón argentino y las polémicas ventas arqueológicas

Cada país contaba con su propio pabellón. El argentino —una réplica parcial de la Casa de Gobierno— se inauguró el 9 de julio con una recepción oficial. Allí se presentó también la colección arqueológica de Zavaleta, un argentino nacido en Salta y residente en Tucumán, famoso “huaquero” o saqueador de piezas prehispánicas.

Amparado por el gobierno nacional, Zavaleta trasladó más de 2.000 objetos en 42 cajas, incluyendo cráneos con trepanaciones, cerámicas, puntas de flecha, hachas de piedra, collares, urnas y otros bienes arqueológicos de Salta, Tucumán y Catamarca. Sus métodos, denunciados por especialistas como Samuel Lafone-Quevedo, carecían de rigor científico: se extraían piezas sin registrar su contexto, y los esqueletos eran incompletos.

Pese a las críticas, Zavaleta logró vender toda su colección al Field Museum de Chicago por 17.002 dólares, en una operación que, aunque legal en ese momento, hoy sería considerada tráfico ilícito de patrimonio. La legislación actual (Ley 25.743, de 2003) prohíbe conformar nuevas colecciones privadas de piezas arqueológicas y establece que todos los bienes son de dominio provincial.


El regreso y el final del viaje

Mientras Zavaleta concretaba su venta, los tehuelches se preparaban para volver a la Argentina. Según McGee, “como ningún otro grupo, se sacudieron con tanta alegría el polvo de la Exposición de sus pies” al cumplirse su contrato.

El paleontólogo Rodolfo Casamiquela asegura que Guechico murió en el mar durante el regreso. El resto del grupo pasó brevemente por La Plata, donde el etnólogo Roberto Lehmann-Nitsche tomó retratos y grabó sus cantos. Poco después emprendieron el viaje final hacia la Patagonia.

Más de un siglo después, las imágenes y documentos de aquellos siete tehuelches siguen interpelando sobre cómo fueron representados —fuera de contexto y con fines sensacionalistas— en nombre del “progreso” de la época.


Fuente: Investigación de Juan Pablo Baliña (@ArchivoVisualArgentino) y trabajos de Geraldine Gluzman.