El tren que soñaba con unir el Atlántico y la Cordillera: una historia de 1908 que dejó 14 estaciones en Santa Cruz

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A comienzos del siglo XX, Argentina imaginó una Patagonia conectada por ferrocarril, desde la costa atlántica hasta los paisajes cordilleranos. El proyecto nunca llegó a concretarse por completo, pero dejó 283 kilómetros de vías, estaciones ferroviarias y pueblos que crecieron alrededor del tren.

Hubo un tiempo en que el futuro de la Patagonia se imaginaba sobre rieles. En 1908, el Estado argentino puso en marcha uno de los proyectos ferroviarios más ambiciosos de su historia: construir una línea que partiera desde Puerto Deseado, en Santa Cruz, y avanzara hacia la región del lago Nahuel Huapi.

La historia fue recuperada por Yasmin Ali, periodista especializada en contenidos históricos de Canal 26, quien reconstruyó los orígenes de aquel ferrocarril que prometía transformar las comunicaciones y el desarrollo económico del sur argentino.

Aunque el objetivo original era atravesar buena parte de la Patagonia, las obras se detuvieron en Colonia Las Heras. El resultado fue un ramal de aproximadamente 283 kilómetros que, pese a quedar inconcluso, se convirtió durante décadas en una conexión fundamental para los habitantes de Santa Cruz.

El ambicioso proyecto que comenzó en 1908

La iniciativa nació con la sanción de la Ley 5559 de Fomento de los Territorios Nacionales, aprobada el 28 de agosto de 1908, durante la presidencia de José Figueroa Alcorta.

El principal impulsor fue Ezequiel Ramos Mexía, quien se desempeñó como ministro de Agricultura y posteriormente de Obras Públicas.

Su visión era utilizar el ferrocarril para integrar los territorios patagónicos, favorecer el poblamiento, impulsar nuevas actividades productivas y consolidar la presencia del Estado en regiones que permanecían prácticamente aisladas.

El plan contemplaba conectar Puerto Deseado con la línea ferroviaria que avanzaba desde San Antonio Oeste hacia el Nahuel Huapi, además de proyectar ramales hacia Comodoro Rivadavia, el lago Buenos Aires y distintas colonias cordilleranas.

Las obras comenzaron en mayo de 1909, bajo la dirección del ingeniero Juan A. Briano.

Construir en medio de la estepa representaba un desafío enorme. Los materiales llegaban por barco a Puerto Deseado y debían trasladarse a través de territorios con escasos caminos y grandes distancias entre poblaciones.

Cientos de trabajadores, entre ellos numerosos inmigrantes europeos, participaron en el tendido de vías y en la construcción de estaciones, depósitos, puentes y otras instalaciones.

Estación Uspallata en 1900 Foto: Archivo General de la Nación

Las estaciones que hicieron crecer a los pueblos

El avance del ferrocarril no solo modificó el paisaje: también transformó la vida de quienes habitaban la región.

A medida que se extendían las vías, comenzaron a surgir almacenes, hoteles, comercios y pequeños asentamientos alrededor de las estaciones.

Localidades como Jaramillo, Fitz Roy, Pico Truncado y Las Heras encontraron en el tren una herramienta fundamental para su desarrollo.

El ferrocarril permitía transportar pasajeros, correspondencia, alimentos, animales y productos provenientes de las estancias, especialmente lana, una de las principales actividades económicas de Santa Cruz durante aquellos años.

También fue parte de uno de los períodos más dolorosos de la historia provincial: las huelgas rurales de 1920 y 1921, conocidas como la Patagonia Rebelde.

Durante aquellos acontecimientos, el trazado ferroviario fue utilizado para el traslado de trabajadores y fuerzas militares, convirtiéndose en parte del escenario de un conflicto que marcó profundamente a la región.

¿Por qué nunca llegó a la Cordillera?

El sueño de conectar el Atlántico con el Nahuel Huapi comenzó a desmoronarse pocos años después del inicio de las obras.

La Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, complicó la importación de materiales y afectó los recursos destinados a la construcción.

A las dificultades económicas se sumaron los cambios políticos y la pérdida de respaldo institucional.

Finalmente, las vías quedaron detenidas en Las Heras, a cientos de kilómetros de su destino original.

Sin embargo, el ramal continuó funcionando durante casi siete décadas.

Para muchas familias santacruceñas, especialmente durante los inviernos en los que los caminos se volvían intransitables, el tren representaba mucho más que un medio de transporte: era la posibilidad de mantenerse conectadas con otras localidades.

El cierre de 1978 y las estaciones que quedaron en el olvido

El 15 de enero de 1978, durante la última dictadura cívico-militar, el servicio ferroviario fue clausurado.

El cierre significó la pérdida de una conexión histórica y afectó tanto a los trabajadores ferroviarios como a las comunidades que dependían del ramal.

Con el paso de los años, gran parte de la infraestructura comenzó a deteriorarse.

De las 14 estaciones que integraban el recorrido, algunas desaparecieron, mientras que otras lograron mantenerse gracias al esfuerzo de vecinos, instituciones y organizaciones dedicadas a preservar el patrimonio ferroviario.

Uno de los ejemplos más representativos es la antigua estación de Puerto Deseado, convertida en museo, donde se conservan fotografías, documentos, herramientas y objetos que permiten reconstruir aquella etapa de la historia santacruceña.

Un proyecto que todavía genera expectativas

Más de un siglo después del inicio de las obras, la posibilidad de recuperar el ferrocarril continúa presente en la agenda provincial.

En noviembre de 2024, el Gobierno de Santa Cruz anunció un convenio de asistencia técnica para avanzar en la recuperación del ramal Puerto Deseado–Las Heras, con posibles aplicaciones logísticas, económicas y turísticas.

Aunque el proyecto original nunca llegó a unir el océano Atlántico con la Cordillera, su impacto fue mucho más allá de los kilómetros construidos.

El ferrocarril ayudó a consolidar pueblos, movilizó la producción regional y dejó una identidad profundamente vinculada con la historia de Santa Cruz.

Hoy, entre estaciones abandonadas, edificios recuperados y antiguas vías que atraviesan la estepa, permanece el recuerdo de un tren que nunca llegó a destino, pero que cambió para siempre una parte de la Patagonia.